miércoles, 20 de marzo de 2013

Cuando era niño

Lanzaba piedras
a los charcos,
y andaba sin prisas,
cuando la melancolía
habitaba en los ojos
de algún amigo
y me parecía tan turbia
y amarga,
como la sopa de fideos
del colegio.

Contaba las estrellas

con toda mi fe
intacta en el camino,
cuando no comprendía
porqué duele el silencio,
porqué había tanto que abrazar
y tanta agua salada queriendo
mojarnos hasta la cintura
o desbordarse en la mejilla.

Acariciaba a mi perra

con manos pequeñas
y pantalones cortos.
Ella guardaba secretos
a los pies de la cama,
junto a mis zapatillas
y un libro de cuentos.

Chiquillo silencioso

me decía la vecina
porque nunca perdí el gusto
de observar lo externo,
mientras por dentro,
la vida pintaba
renglones que viajaban
al ritmo de la lluvia
que fluía
de otros ojos.

Recuerdo un pequeño

salón siempre lleno,
las toses de mi abuelo,
tu mirada,
y todas las miradas
que gritaban:
Corre más deprisa
y cuando te sientas capaz...
vuela.

jueves, 21 de junio de 2012

Caminantes previsibles

Siempre el mismo viaje, la misma lluvia
hacia la impostura tan común de los silvestres,
desandar el desamor.

Calzamos unas botas que pierden la memoria
y su compromiso con el único camino que conocen:
descarrilar y volver a pisar contracorriente,
retornar a las acequias y habitar navegando el tiempo
bajo un chaparrón que altera el aspecto de las cosas,
y sostienen una luciérnaga que cobije tanta soledad
gritando al borde del desagüe.

Botas que no saben pisar el mismo bosque
ni llevar destino alguno, ni acechar el aguacero
que nos cose las manos y los dientes
y nos duele tanto,
como cientos de alfileres en las suelas.

miércoles, 20 de junio de 2012

Trovas y añoranzas


Cada nuevo dogma que dibuja tu mirada
siempre es menos doloroso
por saberme gaviota,
por sentir la fragilidad de un cielo
sin línea de horizonte.

Desde el balcón inhabitado,
quiero masticarte con mis alas,
no se usar cuchillos, ni mis dientes sabrían
arranacarte la bondad que escondes.
Solo tejerte en mis pestañas sin premura,
tan solo,
cocinarte a fuego lento
a fuego musgo,
a fuego rama.

No voy a regalar mi llanto a nadie,
a nadie le debo la boca horadada y confusa
lanzada sobre el cemento de las voces,
ni estas manos quebradas con herrumbre
como el cáncer sobre la piel yerma,
labrada con palabras que son balas
de polvora suicida.

Cada trozo de estaño
con que me he rociado el gesto
es la seda que gotea en mis venas
y exprimo cada gota, tumbado en una duda
si acaricio algún desastre en desbandada,
o si me dejo rodar por cada beso que te espera,
por besos musgo,
por besos rama.

Te disculpo cada dia porque sé
que cicatriza un deseo encallado
cuando escucho como se pierde tu grito
del alcance de mis labios
y cuando me sacudo el polvo de este mundo,
de este pequeño corral sin sueños
que no sabe de saliva estéril
ni de sangre enamorada.

No nací amor para ser cauto,
ni cobarde amor,
amor,
ni si quiera mártir.

Hoy crecen garras por mis piernas
y bolsas llenas de recuerdos
que escapan de mi garganta
hacia esta muchedumbre dormida
que no entiende de cantares,
de cantares musgo,
de cantares rama.

domingo, 1 de abril de 2012

La mujer que habita mi tejado

Esa mujer que habita en mi tejado
ya no quiere bajar las escaleras,
ni viene a por mi sal, ni a por mi harina.
Tal vez ni se haya percatado
de mi postrado amor y compromiso.

¿Qué puedo hacer ahora?
Si de noche, da su voz a las estrellas.
Si las cóncavas baldosas de mi piso
sueñan ser la ambición de sus pisadas
y un húmedo remanso a sus goteras.
Si no atraca su barco en mi escombrera
y en el límite azul de mis pestañas
ya no atrapo marineros ni gaviotas.

¿Qué puedo hacer ahora?
Si un crepúsculo se amarra a mi cintura
y me duele su cuerpo en la azotea.
Si su nombre se empaña en los cristales
y la dulzura se quiebra en esta espera.
Si se tiñe de verde la inocencia
y en cada malograda bienvenida,
otro ángel muere debajo de sus suelas.

jueves, 29 de marzo de 2012

Imagíname

Imagina ese vacío, un socavón
que nadie habita y sin embargo,
el único rincón donde hallo flores.

Imagina como he vivido y aún sigo vivo
dando cuerda a dos relojes tan distintos;

uno se sujeta inmóvil en la espalda,
y me retrocede estéril hasta que estalle
esa bomba mortal que ha de llevarme;

el otro no para de moverse bajo el pecho,
no deja de medir,
la longitud de una lágrima o de un secreto
y me repite lo inmortal de sus minutos.

Imagina que no es cuestión del azar
esta pobreza de sentirme el culpable
de tu miedo y de mi mala fortuna.

Imagíname culpable,
de tener unos pies tan pequeños que no avanzan
y tardarán siglos en llegar a tu planeta,

de amarte,

de pensar que solo es cuestión de conversar
desde el extremo acantilado de una silla,

de este dolor que se cristaliza en mi pecho,

de escribir teoremas sobre las víctimas
que no logran salvarse en una guerra,

de aferrarme a un carta inventada,
o a la foto prestada de un cadáver,

de evitar morir en brazos del enemigo,
en cualquier abrazo, amable o asesino,
que no sea el tuyo.

Imagina que quiero decírtelo antes
de la inevitable caida de mi estribo,
antes de besar el lomo del anhelo
y sentir su sedal bajo mi cuerpo,
antes incluso de cualquier inicio,
antes de ti y de mi:

Imagina la infinita soledad,
si se sospecha que no hay acierto.
Si no sé si llegas,
si no sé si llego.

Imagina que ya te esperaba
sin saber de tu miedo,
y que eres cómplice y sonrisa
de este misterio suicida que me mata.

Imagina mis manos, mis ojos,
la juventud entera, la soberbia
de saber que mi voz es distinta del resto
porque recita tu nombre de memoria.

Imagíname susurrandote al oído,
y liberando las mariposas de tu boca
en esta primavera, veraz como estos versos,
que nunca te habría recitado,
si solo hubiesen sido imaginados.